El mundo desde mi bici – XVIII

Para seguir con los asuntos librescos, se me ocurre el día de hoy comentar otro cuento, de otro gran argentino llamado Julio Cortázar.  Cuando leí por primera vez Casa tomada me quedé perplejo.  Casa tomada es un buen cuento que también es un thriller.  Trata sobre una casa común que de improviso es invadida, habitación tras habitación, por Algo. Eso eventualmente llega a ocupar toda la casa, forzando la huida de sus moradores originales.  Cortázar, como todo buen lector, siempre se vio atraído por la literatura del horror y el misterio.  Lo cito ahora de memoria, porque mi libro La vuelta al día en 80 mundos, de donde sale mi cita, está en casa y yo ando todavía por aquí, en la oficina.  Escribió Cortázar que el verdadero horror es estar sentado en la banca de un bello parque justo al lado del asesino en serie más buscado sin saberlo.  Las dos situaciones son terribles.  La primera, porque no sabemos qué es eso que nos invade nuestra casa; la segunda, porque no sabemos con quien estamos a punto de iniciar una amistosa conversación.  El horror, parece ser, va de la mano con la ignorancia.

Debo por lo tanto aquí denunciar que la sala de mi casa ha sido tomada.  Antes podía estar en ella libremente.  Podía recostarme en uno de sus sillones, tomar un libro y quedarme dormido sin que nadie me molestara.  Pero lentamente las cosas fueron cambiando.  El sillón en el que me recostaba fue sustituido por otro, más pequeño e incómodo.  Los libros que estaban en los estantes desaparecieron y fueron relegados al ostracismo de un clóset o del cuarto de los tiliches.  Ahora mi sala se usa o de campo de futbol o de centro de meditación budista o de almacén de equipos de sonido.  Aunque no haya nadie, su aspecto cambió de tal forma que me es imposible estar más de cinco minutos en ella.  Debo usarla en situaciones realmente extremosas: cuando alguien nos visita, por ejemplo.  Por mí pasaría a las visitas a mi cuarto, pero mi alada mujer me pone una cara de no inventes y me hace convivir con amigos o familiares en el centro mismo de aquella habitación.  No sabe ella que la sala, ese lugar abierto a todos, ya no es sala, es otra cosa; y es una cosa que, como el cuento de Cortázar, no se puede describir.

En la vida nos enfrentamos a este tipo de invasiones de vez en cuando.  Yo sé que si ahorro y compro otros muebles, al tiempo que recobro mis libros enviados al infame destierro, poniendo orden en la sala, evitando que se convierta en  almacén, en centro religioso y en cancha de futbol, lograré recuperarla y con ella, mi espacio de lectura y el lugar común de divertidas reuniones y cenas que en ella se suscitaban.  Al fin y al cabo es sólo poner el orden y mantenerlo a través de la aplicación de las reglas que siempre han sustentado cualquier hogar en todo el mundo.

Lo malo es que no siempre estamos dispuestos a hacer ese sacrificio y preferimos recluirnos en nuestros cuartos y abstraernos de esa realidad que poco a poco nos aplasta.  Sabemos que posponer el remedio sólo agravará la situación.  Aún así, encontramos en nosotros voces que nos alientan a dejar todo por la paz y a hundirnos en el desasosiego.  ¿Hasta cuándo les haremos caso, hasta cuándo?

29 de junio de 2011

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Acerca de Enrique Boeneker

Enrique Boeneker mantiene este blog en donde publica muy ocasionalmente textos sin sentido y otros que le parecen contienen un interés inherente que vale la pena difundir. Tiene dos hijos y mantiene a un perro y a un gato. Ver todas las entradas de Enrique Boeneker

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