El mundo desde mi bici – XVII

Lo único que no se puede recuperar en esta vida es el tiempo. Así, más o menos, dijo el personaje Enrique VIII en la serie Los Tudor. Inexorable paso del tiempo: testigo de su tránsito es mi espejo, testigos mis congéneres que de mis canas ríen. La vida es una novela llena de símbolos. Sólo que en la vida los símbolos se materializan como en el cuento de Jorge Luis Borges, Tlön, Uqbar, Orbis Tertius.

Uno de los síntomas que nos indican que uno se está convirtiendo en un adulto-mayor, es el hecho de que nuestra vida social empieza a menguar. Cuando uno es joven las fiestas abundan. Desde el miércoles se preparaba ya el fin de semana, que empezaba con ese viernes chiquito que es el jueves. Hace muchos años, un amigo tenía un dicho que se hizo popular entre nosotros: “los únicos días de la semana son los juevebes, los viernes sociales, los sábados familiares y los domingos de alineación y balanceo.” Cómo olvidar las reuniones en casa de un buen amigo, las fiestas deslumbrantes en donde se bailaba incansablemente, los cocteles en las discos de moda, las comidas en algún lugar de Morelos que terminaban en desayunos a ritmo del Alka Seltzer. Después de poco tiempo, uno que otro se empezó por aquerenciar con alguna chava, para posteriormente, por alguna extraña razón, terminar enfrente de un altar o del escritorio de un juzgado civil. Mientras esto pasaba, el relajo caótico de la adolescencia se trasmutaba en algo más sabroso. Entra ahí la convivencia, no ya como individuos, sino como pareja. Nos aprendemos a ver como alguien que sin su complemento no es nadie. Y la diversión se hace más inteligente, toma una pausa para solazarse en sí misma y su frecuencia, por lo tanto, se alarga. Se va a más restaurantes, más reuniones, más bodas, (más hoteles), menos discos y menos reventones. Con la llegada de los niños todo se desvirtúa, porque ya uno no vive para si mismo sino para ese pequeño invasor que nos llega siempre de sorpresa, aunque se planee, a nuestra vida. Y entonces se sufre una tremenda regresión: fiestas infantiles, películas de Disney, Santa Clós, Barney y demás adefesios. Al principio se usan estos “festejos” como pretexto para reunir a viejos amigos, poco después son sólo los amigos de nuestros hijos los que nos acompañan. El daño a veces es tan irremediable, que el contacto con nuestras amistades “de siempre” se hace cada vez menos frecuente y se agrava por la distancia, el trabajo y los compromisos familiares. Este proceso de décadas, paulatino e irreversible, pasa casi desapercibido sino fuera por los signos que nos lo revelan.

Y los signos son a veces tan obvios como ese pequeño pero pesadísimo objeto del cuento de Borges. Cuando era joven, encontraba después de una reunión en casa al menos tres o cuatro encendedores olvidados por la borrachera y el delirio. Lo mismo sucedía en mi coche después de dejar en su casa a todos los que conmigo venían. Ya con mi alada mujer seguían apareciendo encendedores por aquí y por allá, pero en menor cantidad. Hace relativamente poco no encontré en casa un solo encendedor para prender una hornilla de la cocina. Ese momento fue cuando entendí que este pequeño e insignificante objeto es el símbolo perfecto para indicarnos tres cosas: nuestra edad (por supuesto), nuestro estado civil y la consecuente decadencia de nuestra vida social. … El sábado pasado, después de compartir el pan y la sal con dos antiguas y queridísimas amistades de mi infancia-adolescencia, descubrí un encendedor en mi automóvil.

28 de junio de 2011

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Acerca de Enrique Boeneker

Enrique Boeneker mantiene este blog en donde publica muy ocasionalmente textos sin sentido y otros que le parecen contienen un interés inherente que vale la pena difundir. Tiene dos hijos y mantiene a un perro y a un gato. Ver todas las entradas de Enrique Boeneker

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