El mundo desde mi bici – XIX

¿Hace cuánto no transita la ciudad, digamos, un martes cualquiera a las 4 de la mañana?  Bueno, yo lo acabo de hacer y puedo decirle que es una experiencia espeluznante.

Si en algo tienen razón los budistas es en reconocer la ley de la causa y el efecto.  Parece ser que al menos de este lado del universo nadie escapa de ella.  Para ilustrarla bastará este ejemplo.  Hace ya ocho meses, el club deportivo Cruz Azul tuvo a bien “invitar” a Don Balón a un par de torneos que se celebrarían en Sudamérica: el primero en el Perú, el segundo en el Brasil.  Digo “invitar” porque la benemérita institución celeste lo único que puso fue la invitación, lo demás lo pusieron los papás (pero sobre todo, mi alada mujer, a la cual se le agradece el voluntarismo).  Pues bien, el tiempo pasa rapidísimo y la fecha de la “concentración” para el viaje llegó este mismo lunes.  Hubo “concentración” porque el vuelo hacia la tierra de Laura de América (qué feo que tu país sea recordado por tal personaje o por Fujimori); perdón, decía, el vuelo saldría hacia ese país a las 7:50 de la mañana y con las nuevas reglas de seguridad impuestas desde la Casa Blanca, los chavos tendrían que estar con tres horas de anticipación para documentar.  Ante tal situación, la directiva decidió juntar a los chavos un día antes para evitar cualquier retraso y mejorar el control.  Por lo tanto, había que dejar al párvulo pambolista desde el lunes en manos de sus “profes”, para que junto con todo el equipo llegara en un camión al aeropuerto el martes por la madrugada.  A los padres (que financiaron la empresa, cuya magnitud significó para algunos, incluyéndonos a nosotros, el equivalente a patrocinar otra vez el viajecito ese de la Niña, la Pinta y la Santa María), nos dieron permiso de ver a nuestros pequeños terribles en el miserable intermedio de treinta minutos que se da entre la documentación y la entrada a la sala de abordar.  Por esta serie de circunstancias y para ver a Don Balón partir en su primer viaje internacional como futbolista, tuvimos que despertarnos a las tres de la madrugada de un día cualquiera llamado martes.

Mi patricia mujer despertó sin chistar (cosa rara en ella) al primer toque del despertador.  Salió disparada de la cama, en la forma como sólo un misil puede salir de su silo.  Casi muero del infarto, porque yo estaba soñando que estaba en una tranquila playa de mar azul y de pronto, tras una alarma parecida a las de la Segunda Gran Guerra, la tierra toda se levantó con estrépito inundada de humo y oleadas de arena y agua.  En cuanto caí en la realidad, mi alada fémina empezó a dar órdenes a diestra y siniestra: “báñate de una vez, que aquí vamos a llegar después de las 7 de la mañana”,  “cepíllate bien los dientes y por favor péinate bien, porque no quiero que tu hijo se apene por tu aspecto”, “apúrate, de una buena vez, porque no vamos a llegar a tiempo” y cosas por el estilo que ya no quise escuchar más.  Una vez bañado, vestido, cepillado de la boca y el cabello, nos metimos al coche y nos aventuramos en medio de la oscuridad a las calles desiertas de la ciudad.  Hace muchos, pero muchos años no veía las calles en tal estado de soledad.  Hace poco, tan solo, vi fotos de Monterrey, Ciudad Juárez y Morelia, en donde las calles en la noche estaban igual de desiertas, sojuzgadas de esta forma por la dictadura de la delincuencia organizada.  La memoria y similitud de esas imágenes me hizo empezar a temer.  El eje no-sé-qué-número poniente parecía pista de carreras (claro, de rally; no se confunda, señor lector, porque los baches, sea la hora que sea, ahí se quedan).  El distribuidor vial de San Antonio, al transitarlo a buena velocidad, me regresaba el eco del motor de mi auto provocándome un largo escalofrío.  Los reflejos de la iluminación pública sobre el piso mojado deformaban el paisaje, duplicándolo.  Solamente en el viaducto me encontré a otro automovilista y, como lo supuse, estaba un poco borracho.  Para mi fortuna la travesía desde la casa al aeropuerto sólo nos tomó, si acaso, unos quince minutos, no más.  Cuando llegamos al aeropuerto me reconfortó verlo con la actividad que lo caracteriza.  Me reconfortó aún más saber que, dentro de poco, habría de ver a Don Balón listo para su primer gira sudamericana.

14 de junio de 2011

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Acerca de Enrique Boeneker

Enrique Boeneker mantiene este blog en donde publica semanalmente sus crónicas sobre la vida cotidiana conocidas bajo el título El mundo desde mi bici. Está en proceso de completar un libro de cuentos que se llamará De veras se está bien aquí, el cual debió ver la luz en el segundo semestre de 2014, sin embargo será publicado hasta el 2015. También llevará pronto a la imprenta una antología de sus crónicas. Para ganarse la vida, trabaja para una empresa que no tiene nada que ver con el mundo literario y que vende artefactos para contar dinero, los cuales Enrique tiene fe que algún día utilizará para su provecho. Tiene dos hijos y mantiene a un perro y a un gato. Ver todas las entradas de Enrique Boeneker

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