El mundo desde mi bici – XIII

Estimado lector, tengo un mal presentimiento. Verdaderamente es muy malo. Creo que voy a ser presidente. … ¡Lo digo en serio! Y no me malinterprete, porque hoy en día destaparse para la grande se ha depreciado a tal grado, que cualquier secretario de hacienda incapaz puede hacerlo. Yo sí tengo una poderosa razón para afirmar que voy a ser presidente. El día de ayer soñé que estaba en una sala de juntas, no cualquiera, una sala de juntas lujosa, equipada con una mesa inmensa y unas sillas pesadas forradas de suave cuero verde olivo. En las paredes colgaban cuadros con imágenes de Miguel Hidalgo, Morelos, Guerrero, Zapata y Villa. A través del ventanal que me ofrecía la vista de un jardín imposible se colaba la luz amarillenta de la tarde. Había tranquilidad, esa tranquilidad que no respiro desde que era joven, en aquellas tardes cuando estaba solo en mi casa, después de haber hecho la tarea. Hasta parecía oír unos canarios cantando a lo lejos. De pronto alguien me tocó el hombro. Voltée. Era Elba Esther (sí, lector amable, la Elba Esther que usted, ahora con horror, está visualizando). La acompañaba otro señor que no reconozco todavía. Los tres platicábamos afablemente. Discutíamos un proyecto, no pregunte cuál, era sólo un proyecto. Elba Esther se dirigía hacia mí con respeto y adulaba cualquier opinión que emitía. Debo decir que no sentía la indignación que siento hacia ella, hasta sentía que había una añeja amistad entre nosotros. Ahí me di cuenta de dos cosas: que estaba soñando y que sería presidente.

La simple idea me repugna. ¿Qué voy a hacer cuando sea presidente? Es más. Yo no quiero ser presidente. Ser presidente implica muchas cosas. Necesita uno cierto grado de maldad que creo yo no poseo. Es también necesario tener el índice personal de escrúpulos muy bajo. La presidencia de todo país se maneja muchas veces muy por debajo del nivel mínimo de lo que nosotros, simples pequeño-burgueses, consideramos como moral, por lo que uno debe estar dispuesto para hacer lo que se deba hacer sin importar lo que se hace. Luego entonces las decisiones que se toman desde ese altísimo nivel son siempre difíciles: uno debe prever, como buen estadista, las consecuencias inmediatas, mediatas y a largo plazo de lo que uno haga o deje de hacer. Se tiene que ser implacable con los enemigos y chiquitear la generosidad con los amigos (y cómo no voy a ser generoso con mis amigos, si tanto los quiero). Se requiere una condición física especial en el trasero que le permita a uno sentarse por horas interminables en coches, aviones, helicopteros y camionetas para recorrer el país 3,458 veces en 6 años, a paso veloz y como si se estuviera en un tour (¿ya vio la Capilla Sixtina, señor?, bien, súbase rápido al autocar, porque tenemos que estar en Pisa en una hora para que le tomen la foto a su famosa torre, y luego salir hacia Florencia para comer allá, en la misma hostería en donde comió, hace casi quinientos años, Miguel Angel; para inmediatamente partir hacia Padua para cenar una pizza única que se cocina con queso provolone). Es también imprescindible tener una voz educada y magnífica (recordemos a López Portillo) que encante a los ciudadanos, pero sobre todo a las ciudadanas, para que si es necesario pueda uno, entre lágrimas y ladridos, expropiar la banca. Entrenar los ojos para lograr una mirada penetrante pero inexpugnable que infunda terror entre los subordinados es de suma importancia. Rodearse de la gente adecuada para que nos asista en tamaña función no es fácil hoy en día. Sólo hay que ver que los gabinetes legal, ampliado y económico de los pasados 57 presidentes no han sido muy afortunados para lograr que este país se encarrile por el progreso, el crecimiento y el bienestar de todos sus ciudadanos. Así que ser presidente implica ser muchas cosas desagradables. ¿Por qué el Sr. Cordero, el niño Enrique, el majadero Andrés y el ñoño Marcelo se empeñan en ser presidentes? ¿Tan mal están? ¿Tan mal estamos?

Lo que más me aterra, es que yo sí voy a ser presidente. Y lo voy a ser porque estaba muy tranquilo y feliz, tomando decisiones y evaluando proyectos junto con la verdadera reina de este país: Elba Esther.

21 de junio de 2011

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Acerca de Enrique Boeneker

Enrique Boeneker mantiene este blog en donde publica semanalmente sus crónicas sobre la vida cotidiana conocidas bajo el título El mundo desde mi bici. Está en proceso de completar un libro de cuentos que se llamará De veras se está bien aquí, el cual debió ver la luz en el segundo semestre de 2014, sin embargo será publicado hasta el 2015. También llevará pronto a la imprenta una antología de sus crónicas. Para ganarse la vida, trabaja para una empresa que no tiene nada que ver con el mundo literario y que vende artefactos para contar dinero, los cuales Enrique tiene fe que algún día utilizará para su provecho. Tiene dos hijos y mantiene a un perro y a un gato. Ver todas las entradas de Enrique Boeneker

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