El mundo desde mi bici – X

Debo reconocerlo.  Soy un coyón.

El día de ayer mencioné la razón por la cual creía que mi estado de salud no era del todo bueno.   Culpé a mi radio por los espasmos y dolores que en el vientre sentía.  Pero la dolencia era para mi realmente algo inusual y no podía ser debida a algo tan banal como la radio.  Decidí entonces convertirme en el doctor House para dilucidar el verdadero origen de mi nueva dolencia.  Pensé primero que seguramente se debía a un recargo estomacal.  Al analizar tal posibilidad, noté que ahora como mucho menos que cuando recién dejé de fumar hace ya casi tres años, por lo que no podía ser posible dicha tesis.  Autocuestionándome sobre mis hábitos alimenticios, di con una pista prometedora: hace dos semanas, después de mucho tiempo de abstenerme de comer  tan delicioso manjar, me aventuré al puesto de tacos de carnitas que se instala en el parque de Tlacoquemécatl todos los viernes.  No comí muchos tacos, sólo cuatro (están magníficamente bien servidos, de veras se los recomiendo).  Pero sí les eché harta salsa de habanero con guacamole.  Esta salsa no pica, nada más duele, pero duele sabroso.  La salsa se convirtió en la más plausible provocadora de mi mal gástrico.  Me toqué la boca del estómago, en donde la gastritis se instala, pero realmente no me dolía, ni siquiera una tímida molestia.  En el esófago tampoco sentía molestia.  Vaya, ni agruras tenía.  ¡Chin!  Entonces era otra cosa y, lo peor, es que no tenía idea qué.  Sentía a la mitad del abdomen una molestia, como si tuviera miles de globitos adosados a las paredes de mi intestino (y no, señor, no sé si en el intestino delgado o en el grueso, no tengo ni idea).  Así que, ante la ignorancia completa, entré en pánico e hice a mi alada mujer llamar al doctor y concertar  una cita lo antes posible.  Craso error.  Ante el simple hecho de verme en un consultorio médico me aterroricé aún más.  Ahora muy probablemente iba a tener que lidiar con una toma de presión, la auscultación de mi corazón, tal vez análisis de sangre, orina y … bueno y eso; con la posibilidad de ser internado en un hospital de inmediato por encontrarme enfermo de una dolencia rara, sobre la cual sólo los rusos siberianos sabrían como tratarla.  ¡Chin y mil veces chin!  No había forma de echarse para atrás y, ni modo, había que ir a la consulta.

Pero no soy tan coyón.  Porque a la cita fui hoy mismo.

Por supuesto iba sudando frío.  Pensando qué debía pensar cuando me sacaran la muestra de sangre.  Ya mi antebrazo me dolía.  Me acompañaron mi alada mujer y Don Balón.  Los dos iban muertos de la risa porque yo estaba muerto de miedo.  A veces tu familia se compone de malas personas.  A las puertas del edificio me dejaron con una sonrisa burlona.  Subí al consultorio del doctor sin siquiera pensarlo mucho.  El amable doctor me estaba ya esperando en la recepción porque llegué tarde.  Qué le puedo decir, amable lector.  Mejor no me pudo haber ido.  El doctor es una eminencia literaria y filosófica.  Habla fluidamente sobre Schopenhauer, sobre Kant, le encanta Borges y por supuesto sabe sobre Spinoza.  Entre la tertulia, el doctor, con total pericia, me tomó la presión, auscultó mi abatido corazón, exploró mi panza, inclusive la utilizó como tambor.  Después de una hora de tertulia y 3 minutos de consulta, el doctor me diagnosticó una colitis no severa, que debo curar por medio de unas pastillas y comiendo como la gente decente, evitando grasas, alimentos irritantes y lácteos.  Por supuesto en ese preciso momento, al verme así tan arbitrariamente limitado, el doctor docto cayó de mi gracia.  Pero qué no escuchó al principio de la consulta que mi cumpleaños es este fin de semana, ¿qué parte de reventón no entendió?  Acto seguido, me dio una palmadita en el hombro y su recepcionista me cobró una fortuna que aquí no quiero publicar por vergüenza.

De vuelta a la oficina, me sentí aliviado de conocer que mi mal no era una enfermedad extraña por la que me iban a aislar del mundo.  Decidí celebrar el hecho comiendo unos tacos con mucha, pero mucha salsa.

16 de junio de 2011

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Acerca de Enrique Boeneker

Enrique Boeneker mantiene este blog en donde publica muy ocasionalmente textos sin sentido y otros que le parecen contienen un interés inherente que vale la pena difundir. Tiene dos hijos y mantiene a un perro y a un gato. Ver todas las entradas de Enrique Boeneker

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