El mundo desde mi bici – VIII

Creo que una de las características que nos diferencian de los animales es precisamente la consciencia de nosotros mismos.  Los seres humanos sabemos que existimos, sabemos que somos y también sabemos que dejaremos de ser al menos lo que ahora somos.  Un ácaro sólo es, pero no sabe que es.   Tampoco lo sabe la rana, el tigre, la araña, la ballena.  Los hombres (y las mujeres, maldita corrección política) somos sobre esta tierra los únicos que tenemos consciencia de nosotros mismos.  Y sin embargo nos damos cuenta de nuestra individualidad en muy pocas ocasiones: bajo la sombra de un árbol, dentro de la oscuridad en una noche de insomnio, cuando estamos enfermos, cuando soñamos despiertos.   Si nos preguntan, como en las series policíacas de la televisión, qué hicimos antier a las 10:20 de la mañana, muy probablemente ya lo hayamos olvidado por completo.  ¿Es más, cuántas veces ha circulado usted, lector apreciadísimo, por las calles de su ciudad, ya sea en un vehículo o caminando, y de repente se descubre que llegó a su destino de forma milagrosa porque de la última hora sólo recuerda 10 minutos?  La verdad es que normalmente no estamos muy conscientes ni de nosotros ni de lo que hacemos.

El problema, como se vio, no es sólo que no estemos conscientes de nosotros mismos, sino que al no estarlo, no estamos conscientes de absolutamente nada.  Nos convertimos así en una especie de autómatas biológicos.  Y tenemos muchos pretextos para justificar este lamentable estado.  El más socorrido: las exigencias de la vida moderna.  Nuestra rutina nos absorbe: 6 de la mañana, levantarse súper rápido para darles de desayunar a los hijos; 6:23 AM, llevarlos rápidamente a la escuela; 7:33 AM, bañarse, rasurarse, vestirse; 8:15 AM, correr al trabajo; 9:05 AM a 2:00 PM, trabajar; 2:03 PM, comer lo menos peor posible; 3:07 PM a 6:17 PM, trabajar; 6:18 PM, salir al tráfico, regresar a la casa; 7:48 PM, llegar a la casa; 7:49 PM, oír los problemas familiares dramatizados y aumentados; 8:46 PM, intentar cenar algo; 9:05 PM, ver los mismos programas de televisión de siempre; 10:01 PM, empezar a dormitar; 00:14 AM, despertar abruptamente; 00:15 a 2:49 AM, tratar de concebir el sueño otra vez envuelto en un mar de preocupaciones; 2:50 AM a 5:59 AM, sueño, no profundo, pero sueño.  Y así todos los días de entre semana.  Los de fin de semana son peores porque los llenamos de cosas “diferentes” como ir al centro comercial, gastar en un par de cosas que no necesitamos, ir a casa de la suegra a comer, jugar Xbox hasta conseguir el estado de gracia de un imbécil, ver deportes en la tele.  Como dijo el buen John Lennon: “La vida es aquello que te va sucediendo mientras te empeñas en hacer otros planes.”

Y así vamos transitando la mayoría de nuestras vidas, sin darnos cuenta del milagro de un amanecer, del reflejo del sol sobre las copas llenas de rocío de los árboles; sin percatarnos de la sincera sonrisa que nuestra mujer nos regala de vez en cuando; sin ser testigos del crecimiento de nuestros hijos; sin descubrir que en la vida se dan felices rimas como la que pude experimentar el día de hoy.  Por la mañana, durante el desayuno, fui al librero de la sala y tomé uno de los tomos de las obras completas de Jorge Luis Borges.  Esto, debo aclarar, tenía tiempo de no hacerlo.  Empecé a leer un cuento que tal vez he leído una decena de veces, El libro de arena.  Este cuento muestra con singular eficacia las preocupaciones borgianas sobre la naturaleza de la literatura y la del infinito y sus, valga la redundancia, infinitas implicaciones.  Más tarde, dentro de la rutina del día (y vaya que hoy fue un día difícil), me entero que exactamente el 14 de junio de hace 25 años murió Borges.  ¿Coincidencia?  No fue la única, veamos otras.  Borges nació en 1899, 100 años antes de que muriera su gran amigo Adolfo Bioy Casares; Don Adolfo nació en 1914, el mismo año que Julio Cortázar, Octavio Paz  y la Gran Guerra.  Julio Cortázar murió en 1984, 25 años antes que Bioy Casares, el cual siempre se consideró el mayor admirador de Borges.  Todos los autores que enumeré son mis favoritos.  Se cierra el círculo.  En medio de toda esta coincidencia “rítmica”, me di de pronto cuenta que la vida siempre nos tiene deparada alguna sorpresa; sorpresa que nos podemos perder si no estamos verdaderamente conscientes.  No nos perdamos más de lo que en verdad vale la pena.

14 de junio de 2011

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Acerca de Enrique Boeneker

Enrique Boeneker mantiene este blog en donde publica semanalmente sus crónicas sobre la vida cotidiana conocidas bajo el título El mundo desde mi bici. Está en proceso de completar un libro de cuentos que se llamará De veras se está bien aquí, el cual debió ver la luz en el segundo semestre de 2014, sin embargo será publicado hasta el 2015. También llevará pronto a la imprenta una antología de sus crónicas. Para ganarse la vida, trabaja para una empresa que no tiene nada que ver con el mundo literario y que vende artefactos para contar dinero, los cuales Enrique tiene fe que algún día utilizará para su provecho. Tiene dos hijos y mantiene a un perro y a un gato. Ver todas las entradas de Enrique Boeneker

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