El mundo desde mi bici – VII

Después de mi fin de semana de automovilismo deportivo frustrado, fue una perversa coincidencia que mi pericia al volante haya sido puesta a prueba precisamente hoy.  Por la mañana, con rumbo al trabajo, mi coche fue embestido por un camión de transporte público.  Gracias a unos nervios de acero, a mis reflejos chispeantes e intactos, a mis reconocidas habilidades como conductor y a algo más que enseguida explicaré, evité lo que parecía ser inevitable: un choque de considerables proporciones.

Los buenos pilotos de carreras dicen que es más valioso manejar defensivamente que agresivamente.  Manejar defensivamente implica saber en todo lugar y en todo momento qué están haciendo los automóviles vecinos, como cuando ando en la bici.  En México, D.F. es necesario el manejo defensivo y también es necesario ir a un curso de lectura mental.  Como ya todos sabemos, los mexicanos no señalamos nada (vaya, ni las salidas del Periférico).  Esto tiene una poderosa razón de ser.  Si ponemos la direccional, sabemos que los espacios en el carril de junto se cerrarán de inmediato.  Es mejor “sorprender” al rival con una maniobra de cambio de carril ágil y contundente.  Por cierto, después de hecho esto, es muy divertido ver por nuestro espejo retrovisor al conductor “agraviado” manoteando y profiriendo cualquier cantidad de barbaridades.  Mis hijos, cuando niños, jugaban a adivinar las groserías que nos gritaban.  El que adivinaba más majaderías, se ganaba un helado de McDonald’s.  Además, el uso de las direccionales, parece ser, es un inequívoco signo de debilidad.  Con mayor razón es importante aprender a leer la mente.  Por ejemplo, cuando uno es peatón (¡sacrilegio, sacrilegio!) y está a punto de cruzar una calle, uno debe ser capaz de adivinar qué coche, camión o moto va a dar la vuelta para evitar ser atropellados.  Lo mismo sucede cuando uno va en su automóvil y está por transitar un cruce conflictivo, digamos el de Barranca con Periférico.  Uno debe prever cuál de los “colectivos” olvidará pisar los frenos para irse directo hacia nuestra puerta.  No hay forma más eficaz de lograr esto mas que por la lectura mental.  En la calle de Sinaloa, bajo el número 26, vive el yogui Tramasupata.  Se dice que nació en Calcuta y que en esa caótica ciudad aprendió a leer no sólo la mente de los choferes, sino también la del ganado que tiende a transitar sus calles y avenidas.   Tramasupata tiene un certificado expedido por el Ayuntamiento de Bombay que lo acredita como instructor aventajado de manejo.  Como buen yogui, no tiene teléfono, así que hay que ir directamente a la calle de Sinaloa para inscribirse al curso, el cual dura sus buenos 2 meses y cuesta la nimia cantidad de seis mil pesitos.

Hay que decir que en el curso de Tramasupata no sólo se aprende a leer la mente, sino también se aprende a dirigir los pensamientos de los demás conductores, a la manera de un verdadero Jedi.  Y uno se da cuenta de la complejidad de esta ciencia, porque no es lo mismo dirigir la mente de un taxista, por ejemplo, que la de un conductor de una camioneta de traslado de valores.  Hay niveles.  Ahora se sabe que los taxistas son más torpes que cafres; que los peseros son más cafres que torpes; que los transportistas de valores y los conductores de pipas de Pemex son cafres a secas; y que, sorprendentemente, los choferes de los camiones de Coca Cola son doblemente cafres, aparte de prepotentes e impunes.  Por supuesto, la masa del vehículo es directamente proporcional al nivel de “cafritud” del conductor.  Tramasupata nos advierte, sabiamente, la importancia de saber a quién dirigir con nuestros pensamientos, porque hay muchos pre-homínidos al volante que ni siquiera tienen la capacidad de pensar y que por lo tanto es imposible dirigir.

Así que si usted quiere conducir en la capirucha, ya sabe: es necesario tener las habilidades de un piloto de carreras y las capacidades mentales de un iluminado.

13 de junio de 2011

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Acerca de Enrique Boeneker

Enrique Boeneker mantiene este blog en donde publica semanalmente sus crónicas sobre la vida cotidiana conocidas bajo el título El mundo desde mi bici. Está en proceso de completar un libro de cuentos que se llamará De veras se está bien aquí, el cual debió ver la luz en el segundo semestre de 2014, sin embargo será publicado hasta el 2015. También llevará pronto a la imprenta una antología de sus crónicas. Para ganarse la vida, trabaja para una empresa que no tiene nada que ver con el mundo literario y que vende artefactos para contar dinero, los cuales Enrique tiene fe que algún día utilizará para su provecho. Tiene dos hijos y mantiene a un perro y a un gato. Ver todas las entradas de Enrique Boeneker

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