El mundo desde mi bici – VI

Fin de semana de medias tintas. Como dice mi madre, ni muy muy, ni tan tan. Por un lado el fin lucía promisorio: 24 horas de Le Mans (que por cierto esta vez sí transmitieron), Gran Premio de Canadá (a una hora razonable del día), el juego de la selección contra los ticos, visita de mis compadres y su abundante prole después de mucho tiempo de no verlos y, lo mejor, el regreso a las canchas de mi hijo Don Balón después de estar lesionado por tres larguísimas semanas.

Y pues, por alguna extraña situación, algo no terminó de amarrar.

El viernes procuré no desvelarme (y lo logré), ya que resulta que hoy en día ser aficionado al automovilismo deportivo implica convertirse en una especie de ser semi-nocturno, digno de protagonizar la más brillante novela de Bram Stoker. Una vez más tuve que ajustar mi “despertador” biológico a una imposible hora de la madrugada para poder ver el arranque de las 24 horas de Le Mans. Mi cuerpo decidió otra cosa y se despertó a las 5 de la mañana. Simplemente se despertó y se quedó ahí muy orondo, viendo al techo en penumbras. No me quedó más que hacer tiempo y esperar a que dieran las siete y media para ver el inicio de la transmisión de la carrera gala. Cuando empezó la carrera por supuesto yo ya dormitaba, hasta el accidente de Alan McNish, que estuvo a punto de convertirse en una tragedia. Como el Audi de McNish deshizo uno de los rieles de protección, la carrera entró en un impasse de banderas amarillas encadenadas y fue entonces cuando decidí acompañar a Don Balón a desayunar. De cualquier forma pensaba regresar a ver las 24 horas hasta mediodía, ya que mi plan consistía en ver la calificación de la Fórmula 1 a las 11 de la mañana. Pero Don Balón es un chavo con memoria de elefante y me recordó que el 3 de diciembre de 2008 a las 4:35 PM le había prometido jugar con él FIFA el sábado 11 de junio a las 10:00 AM. Y como soy un hombre de palabra y de muy corta memoria aparentemente, cumplí con el encargo… hasta las 3 y media de la tarde cuando nos dio hambre de nuevo. Así fue entonces como me perdí del anochecer en Le Mans y de la calificación del GP de Canadá. Bueno, al menos no todo estaba perdido y después de comer esperamos a mis compadres y familia que para mi fortuna llegaron sin demora, regalándonos a todos un buen rato aderezado por los gritos y sombrerazos de nuestras respectivas proles, los cuales ya sinceramente extrañaba. Entonces el plan no iba tan mal, aunque antes de irme a dormir todavía me pesaba el hecho de no haber visto al menos el atardecer en Le Mans.

El domingo empezó abruptamente con el sonoro despertador – éste nada biológico – de mi mujer. A las 8 de la mañana Don Balón tenía que estar en el Cruz Azul para atender a su primer entrenamiento después de su lesión. Mi hijo lucía contento y yo, para que digo que no si sí, también. Mi alada esposa nos acompañó con todo y arrastre de cobija. Cuando el entrenamiento empezaba y vimos que Don Balón participaba en él como si nunca hubiera tenido un esguince en el tobillo, mi alada mujer me secuestró al supermercado más cercano con la brocha de que necesitaba echarse cualquier cosa a la panza, de lo contrario desfallecería en cualquier instante. Así que cuando regresamos al entrenamiento de Don Balón, éste había ya casi terminado y me perdí de gran parte del interescuadras, que es lo más divertido de todo. Abrigaba esperanzas de que el fin de semana se enderezara con la Fórmula 1 y con el partido de México, pero ahora resulta que si caen más de dos gotas de lluvia la máxima categoría del automovilismo deportivo pospone las carreras como si de beisbol se tratara. Eran las dos de la tarde (la carrera empezó oficialmente a las 12 del día) y los coches estaban resguardados del vital líquido y sus pilotos jugando ping pong. Decidí entonces abandonar la empresa de ver el GP y sólo me quedó como consuelo el juego de la selección. Qué le puedo decir que usted no sepa ya, aburrido lector. El primer tiempo de México fue muy bueno (frente a un equipo mal parado e inocente) con espectaculares goles que Guardado nos regaló… pero lo malo del fut es que siempre tiene un segundo tiempo y éste no le podía quedar mal con los medios tonos que el fin de semana me había hasta ahora prodigado. La selección mexicana se dedicó a lo suyo durante los últimos 45 minutos: a fallar goles hechos y a regalar oportunidades a un rival apocado e incapaz.

Esa extraña situación por la cual no terminó de amarrar el fin de semana parece ser gran parte de nuestra esencia mexicana. ¿Cómo es eso, Sr. Boeneker? Pues sí. México ha sido hasta ahora exactamente igual a mi fin de semana: ni fu, ni fa. Todo lo ha hecho a medias. Cuando nos independizamos no lo hicimos completamente, sino a medias (al principio sólo nos queríamos deshacer de los franceses, ¿verdad, Don Miguel?). Cuando nos organizamos una revolución, lo hicimos sólo para que los que en el poder estaban se perpetuaran hasta nuestros días (¿verdad, Don Plutarco?). Cuando se nos ocurrió formar un mercado común con América del Norte, sólo nos salió un tratadito de libre comercio (¿verdad, Don Carlos?) Cuando queríamos llegar “al quinto partido del Mundial”, sólo llegamos al cuarto (¿verdad, Don Javier?) Cuando nos propusimos hacer la guerra contra la delincuencia, la hicimos pero sólo contra algunos (¿verdad, Don Felipe?). Y así se nos ha estado yendo nuestro México, entre medias tintas y fines de semana incompletos.

12 de junio de 2011

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Acerca de Enrique Boeneker

Enrique Boeneker mantiene este blog en donde publica muy ocasionalmente textos sin sentido y otros que le parecen contienen un interés inherente que vale la pena difundir. Tiene dos hijos y mantiene a un perro y a un gato. Ver todas las entradas de Enrique Boeneker

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