El mundo desde mi bici – IX

La radio de mi coche se terminó de echar a perder.   Ahora se ha decidido a emitir cualquier cantidad de gritos, ritmillos y voces huecas que son muchas veces incomprensibles.  Me explico.  Aquella estación de jazz que antes relajaba mi camino de regreso a casa, ahora transmite noticias.  La estación que se había hecho fama por su creatividad y por su buen gusto para transmitir música contemporánea de buena calidad, ahora transmite noticias.  La estación que siempre se destacó por su mediocridad, por su mal gusto y que por ende transmitía música contemporánea pero de la más comercial, sigue en lo mismo y peor, porque ahora contrataron para su programación por las mañanas a un tipito gritón que, no me consta, parece ser que se mete tres líneas de algo antes de empezar a trabajar.  Esa otra estación que se distinguía por poner música para rucos como yo, ahora ha decidido transmitir… por supuesto, noticias.   Mi única esperanza fue encontrar en el AM aquella estación que se decía “de la palabra”.  Hace algunos ayeres conversaban ahí disparejamente Juan José Arreola y Ricardo Garibay.  La búsqueda fue vana, porque lo que encontré fueron puras estaciones de noticias o, en su defecto, las más perronas.  La verdad me encuentro desolado, porque he de decir que también ya estoy un poco harto de estar escuchando “mi música” almacenada en mi MP3.

Como no me ha quedado más que escuchar noticias (por supuesto) y al tipito gritón de la música chafa, mi salud se ha visto de cierta forma alterada.  Hace un par de semanas escuché lo que sospecho fue una parodia de una situación “real”.  Resulta que una mujer perdió su portafolio en el aeropuerto y, compungida toda ella, habló a la radio para comunicar su profunda desesperanza.  Minutos más tarde, llamó un señor que resultó ser un verdadero canalla.  Dijo que él, para fortuna de la chava lacrimosa, había dado con el susodicho portafolio y que, en efecto, se encontraba con todo su contenido intacto.  El canalla, acto seguido, exigió que se le pagara una compensación que fuera al menos de la mitad del valor del contenido del portafolio que, no está por demás decirlo, tenía una laptop, dinero en efectivo, documentos de trabajo e información personal, además de las identificaciones oficiales de la propietaria.  El canalla valuó todo en más o menos 20 mil pesitos, por lo que él nada más exigía la mitad de dicha cantidad para devolver un portafolio que no era suyo (¡qué buena gente que es!).  Defendió su exigencia, argumentando que la compensación era justa, ya que le iba a salvar el trabajo a una mujer incompetente al grado de olvidar su portafolio por ahí (como si él nunca, nunca hubiera olvidado algo en su vida).  Así de fácil el canalla pasó de la buena obra a la extorsión, justificación mediante y con total convencimiento.  Después de escuchar eso me dio, como usted comprenderá, gastritis.

Los espasmos que me han dado en la parte media de mi vientre, en medio de náuseas repentinas, se deben a aquel ilustre señor del norte, y de abolengo profesoril, que salió del tanque impune; a ese otro tipejo burócrata de los 30 mil pesos de sueldo, convertido con tan poco capital en uno de los empresarios más promisorios del país y que anda ahora desaparecido cobijado por los truhanes de su partido; a nuestro futuro presidente que será elegido en base a lo “decente y bien parecido” que se ve y no en base a lo que representa; a los militantes del partido de los colores de la virgen (azul y blanco) que se empeñan en sus competencias de ver quién es más incompetente; y finalmente a los que siguen del lado siniestro de la política y que no pueden superar el enquistamiento de la fauna tabasqueña.

De veras, ¿alguien sabe de un buen técnico de radio?  Porque la mía se ha descompuesto y no se quiere arreglar.

15 de junio de 2011

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Acerca de Enrique Boeneker

Enrique Boeneker mantiene este blog en donde publica semanalmente sus crónicas sobre la vida cotidiana conocidas bajo el título El mundo desde mi bici. Está en proceso de completar un libro de cuentos que se llamará De veras se está bien aquí, el cual debió ver la luz en el segundo semestre de 2014, sin embargo será publicado hasta el 2015. También llevará pronto a la imprenta una antología de sus crónicas. Para ganarse la vida, trabaja para una empresa que no tiene nada que ver con el mundo literario y que vende artefactos para contar dinero, los cuales Enrique tiene fe que algún día utilizará para su provecho. Tiene dos hijos y mantiene a un perro y a un gato. Ver todas las entradas de Enrique Boeneker

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