El mundo desde mi bici – V

Hay palabras feas y ésta: acrófobo.  Esta palabra suena mal, parece un perfecto insulto.  “¡Es usted un acrófobo!”  Y ya me imagino a más de uno aventándose a los golpes para resarcir su honor recién mancillado.  Plásticamente, es decir, el aspecto de esta palabra es también terrible.  Nada más ver esa “a” seguida de dos consonantes, una de ellas fricativa y la otra oclusiva, para terminar en ese fobo, que se parece tanto a bofo y el “Bofo” como que no me cae muy bien, haciendo de todo el conjunto algo nada placentero.  Pues bien, resulta que acrófobo es aquél que tiene un “persistente, anormal e injustificado miedo a las alturas”.  Entonces usted, Sr. Boeneker, es un acrófobo.

Sí, en efecto, yo sufro de acrofobia.  Recuerdo cuando hace ya doce años que visité Barcelona y, por supuesto, me hicieron ir a la Sagrada Familia.  Iglesia imponente que parece nunca va a ser terminada de construir y cuya belleza muy probablemente radica en ese hecho.  Como no puede faltar, a mis acompañantes en aquella ocasión – mi alada esposa, su prima y marido – se les ocurrió, por qué no, escalar una de sus altísimas torres.  La escalada, aunque parecía segura ya que iba a estar yo resguardado por gruesos muros, fue una experiencia premonitoria y nada grata, ya que al Sr. Gaudí se le ocurrió, por qué no, hacer unas ventanas en ángulo tal que veían hacia abajo y cuyo fin parecía ser el de chupar seres humanos y tirarlos al vacío.  Lo único reconfortante es que sus dimensiones no eran suficientes para que un servidor cupiera por allí, así que eso me tranquilizó bastante, además de que por su posición cerca de los peldaños podían ser fácilmente ignoradas.  Entonces, a tres cuartos del ascenso, dimos con un puente angostísimo provisto de unos barandales de proporciones gnómicas que comunicaba con la torre paralela.  Por supuesto, por qué no, a mi alada esposa le vino la fantástica idea de transitar la ridícula pasarela y realizar acto seguido el descenso en la torre contigua.  Temerariamente mis tres acompañantes hicieron el recorrido sin empacho alguno y en un dos por tres ya estaban en aquella torre y yo, muerto de pánico, me resistía siquiera a acercarme al portal que comunicaba al puente.  En eso me vino la genial idea de convertirme en un mamífero cuadrúpedo (otra horrible palabra) y, concentrando mi vista en el suelo del ínfimo puente, hice de tripas corazón y gatee valeroso en pos de mis acompañantes.  Al solitario lector no le tengo que decir que el viaje fue larguísimo y que estuvo acompañado de estrepitosas ráfagas de viento cuyo fin, parecía ser, era el de levantarme y aventarme sin misericordia a los trascabos que con lujo de ruido abajo trabajaban.  Después de lo que pareció media hora (mi alada esposa dijo que sólo fueron 3 minutos) había tenido éxito mi empresa y me encontraba bajando por la torre contigua, ignorando lo más posible las maléficas ventanas que Gaudí había diseñado especialmente para mí.

Además de un servidor, hay una gran cantidad de personas que sufren acrofobia, pero que desafortunadamente no lo saben todavía.  Esas personas, dicen, empiezan a tener leves mareos cuando llegan a un nivel medio y, cuando escalan a estadios más altos, les da por pensarse guapas, inteligentes, preparadas, omnisapientes, omnipresentes y más frecuentemente omnipotentes.  Dicen los que saben, que estas personas no necesitan escalar mucho.  La mayoría llega nada más hasta San Lázaro.  Y tal es el grado de su enfermedad que, nada más llegando allí, las ataca en medio de fiebres y delirios de grandeza.  Pobrecitas personitas que tanto miedo tienen.

P.S. Me comentó un amigo el día de ayer que había querido dejar un comentario en este blog y que no había podido hacerlo.  Si no es por él, nunca me hubiera dado cuenta.  Ya modifiqué la configuración para que cualquiera, sin tener que dejar información alguna, pueda verter su siempre sabio comentario.  Sólo es necesario identificarse como “Anónimo”.

9 de junio de 2011

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Acerca de Enrique Boeneker

Enrique Boeneker mantiene este blog en donde publica muy ocasionalmente textos sin sentido y otros que le parecen contienen un interés inherente que vale la pena difundir. Tiene dos hijos y mantiene a un perro y a un gato. Ver todas las entradas de Enrique Boeneker

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