El mundo desde mi bici – III

Retomo el hilo de lo que ayer dije: nuestras ciudades realmente necesitan, con singular premura, embellecerse.

Todo el mundo se está quejando ahora de los terribles e inusitados calores que nos embargan.  Y en efecto es una verdadera friega ir en el coche, sin aire acondicionado, en medio del inmundo tráfico.  Y vaya, uno va al menos cómodamente sentado.  Pero los que tienen que usar cotidianamente el transporte público (porque escuche, Sr. Cordero, no les alcanza con su salario mínimo para comprarse un automóvil), ellos sí que se fastidian más entre los olores, apretones y empujones que hacen que la temperatura ambiente suba al menos otros10 grados más.  No se diga de todas las personas que tienen que trabajar en la calle: limpia parabrisas, policías, vendedores de alimentos dudosos y de otras mercancías aún más dudosas, repartidores de periódicos, etc.  Resistir el rayo del sol de este cuasi verano citadino está difícil realmente.

Pero eso es nada más para los que quieren ver todo mal.  Que si el sol, que si la lluvia, que si la contaminación, que si el tráfico, que si las obras, que si, que si.  Seres humanos berrinchudos y mezquinos todos.  También algo faltos de miras.  Porque viéndolo bien, estos calores también nos traen cosas maravillosas: el placer de un helado, de una paleta, el cielo azul (más bien gris, pero como que quiere ser azul), la luminosidad encandiladora, pero sobre todo, maravilla de maravillas, los ombligos y las piernas.  Y es cosa de subir el mentón y darse cuenta de lo que nos rodea, y nos damos cuenta precisamente de que eso es verdadero, de que la ciudad, gracias a los calores, se ha embellecido súbitamente.  Y esa visión de mini-faldas, tops y pantalones a las caderas nos hace, al menos a los hombres, muy felices.  (Y también a las mujeres que visten estas prendas.  No se hagan.  Porque cómodas van, además de que se ven – y se sienten –  bueno, ¡guau!).

Pero siempre la marrana tuerce el rabo y algo malo nos quiere traer.  Y aquí es donde entra el maldito gobierno y sus reglas y leyes, a menudo tan prejuiciosas.  Los de izquierda nos advierten con implacable moralina socialdemócrata: “Y no has de ver a mujer alguna, porque entonces te procesaremos por acoso.”  ¿Cómo coños le hacemos para no ver las inigualables virtudes de una mujer?  ¿Cómo, por Dios, cómo?  ¡Es naturaleza humana, hombre!  A ver, ¿a las mujeres se les castiga por andar viendo los traseros de los hombres?  No, ¿verdad?  ¿Entonces?  Y no digamos lo que hacen los compas de la derecha.  Se acuerdan de la sotana que alguna vez quisieron portar (pero que, oh paradoja, su naturaleza humana no les permitió hacerlo) y de inmediato reglamentan en las dependencias o gobiernos a su cargo el veto indefinido al uso de prendas que dejen ver más de dos centímetros cuadrados de piel.  Como diría mi abuela: ¡madre santa!  ¿Pues de qué se trata?  ¿De fastidiar al prójimo a cualquier costo?  No, realmente.  De lo que se trata es de lo increíblemente hipócritas que podemos ser.  Aquellos que no quieren ver ni piernas ni ombligos se debe a que precisamente tienen la mente híper-mega-ultra cochina y, temerosos de que los descubran, emiten leyes y reglas que no les permitan a ellos los malos pensamientos que llevan dentro.

Así es que, bienvenido el calor, porque al parecer las mujeres no nos van a acusar de acoso y los gobiernos de “derecha” van como de salida.

7 de junio de 2011

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Acerca de Enrique Boeneker

Enrique Boeneker mantiene este blog en donde publica muy ocasionalmente textos sin sentido y otros que le parecen contienen un interés inherente que vale la pena difundir. Tiene dos hijos y mantiene a un perro y a un gato. Ver todas las entradas de Enrique Boeneker

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