El mundo desde mi bici – II

Las ciudades son ante todo seres grises, polvosos, anegados de inmundicias y habitados no sólo por seres humanos, sino también por otras plagas.  Son pocas las ciudades en el mundo que se pueden jactar de poseer otra realidad: inclusive París está llena de heces de perro y de otros animales.

Ante eso, sesudos urbanistas tratan de componer el “paisaje urbano” por medio de artificios arquitectónicos, botánicos y viales que funcionan en urbes medianas y pequeñas, pero que son inoperantes en grandes ciudades como la de México.  Y será el origen caótico, exento de toda planeación, o el que esté edificada sobre un manto acuífero de venecianas proporciones, o de que esté plagada de mexicanos, pero la realidad es que esta ciudad se está matando a sí misma.  Y lo hace por medios que los mismos urbanistas no sospechan.

A la ciudad le falta ante todo color.  Con la moda de los coches de lujo europeos, parece ser que ahora todos los automóviles deben ser de color plata-más-bien-tirándole-a-gris.  La arquitectura contemporánea, tan minimalista ella, nos ha forrado de concreto crudo las fachadas de los nuevos edificios.  Los árboles que antes decoraban nuestras avenidas se han visto sustituidos por nuevas vías, que orgullosas grisean aún más nuestro entorno.  Y sí, los camiones tienen ahora publicidad multicolor, al igual que los “espectaculares”, y los taxis (¡Vaya, hombre, quién escogió la méndiga combinación!  Algún politécnico tal vez).  Decía, y los taxis con sus colores guinda y oro en “vivos” blancos, y las peseras “verde-tierra”, en efecto todos aportan algo de color.  Pero no nada más es colorear como si estuviéramos en primero de primaria, sino de darle armonía al asunto.

El ruido también nos consume.  Es un hecho que los coches y los aviones que circunnavegan nuestra ciudad ya no hacen el ruido que emitían aquellos manufacturados en los años 70 y anteriores.  Pero no son la única fuente de ruido.  También es ruido la mala música del coche vecino, de la tienda con la linda promoción o del soquete que gusta abrir sus ventanas para que seamos testigos de que posee la colección completa emepetresgráfica de David Ghetta.  Eso por no mencionar el uso de los cláxons que, aunque había disminuido, ahora nos ataca con renovados bríos, o las mentadas de madre, o los atentos exhortos a pasar uno a molestarla de plano.

La inseguridad es una enfermedad que socava toda la vida urbana.  El temor a vernos asaltados, secuestrados, vejados o de plano asesinados es un potente degradante social.  Del mismo no tengo que hacer mayor mención.  Usted, solitario lector mío, es víctima de tal abominación.

Creo yo que el gobierno, cualquier gobierno, al menos así me lo dijeron en aquellas clases de civismo que parece hemos perdido para siempre, debe ser garante de la convivencia social sana.  Para tal efecto, debe proporcionar seguridad y también un ambiente urbano que, inclusive, propicie la armonía, incrementando así la seguridad (produciendo algo que los moralistas llaman como círculo virtuoso).  La belleza urbanística no sólo consta de amplias y arboladas avenidas, soleadas y ventiladas calles, armonía arquitectónica y paz, sino también de que todo ello permee en el aspecto y humor de sus habitantes.  Mas parece ser que ahora los gobiernos sirven sólo para que nos provean falsas y contaminadas playas artificiales, onerosas pistas de patinar, árboles de navidad para Guinness, ridiculísimas bicicletas “gratis”, y policías de color amarillo chillante para-que-no-te-los-puedas-perder.  Bajo todo eso y mucho más nuestra ciudad sigue sucumbiendo sin que nadie, realmente, haga nada.  El bien público, parece ser, se ha perdido en los archivos muertos de la partidocracia mexicana.

6 de junio de 2011

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Acerca de Enrique Boeneker

Enrique Boeneker mantiene este blog en donde publica muy ocasionalmente textos sin sentido y otros que le parecen contienen un interés inherente que vale la pena difundir. Tiene dos hijos y mantiene a un perro y a un gato. Ver todas las entradas de Enrique Boeneker

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