El mundo desde mi bici – I

Los jueves se han convertido en los días de entre semana que más ansío. Inopinadamente desbancaron a los antes tan populares viernes. Además de que se ubican ya lejanos de los deprimentes lunes y son más cercanos a los benditos fines de semana, los jueves conjugan algunos aspectos que los hacen únicos para un servidor: mi coche no circula y, por lo tanto, me voy en bicicleta a la oficina, permitiéndome así ejercitar mi cuerpo al tiempo que lo transporto. Atenta advertencia: mi impulso por el uso de la bici fue una simple cuestión de causa y efecto, que enseguida explicaré, y no las inflamadas arengas pseudo-ecologistas de nuestro jefe de gobierno. Más bien se debió porque desde principios de este año empecé a caminar a paso veloz, luego a correr y más tarde a practicar también el ciclismo como complemento. Luego, optar por la bici como medio de transporte en los días que no circula mi coche fue un paso, digamos, natural.

Mas la vida está llena de matices. Practicar el ciclismo en esta ciudad se ha convertido en un deporte extremo, al grado que los organizadores de los X Games están pensando instituir una competencia ciclista que se desarrolle en calles mal asfaltadas y que, además, estén bien provistas de taxis y peseras. El competidor que llegue al final, si es que alguno queda, gana la competencia. Los organizadores de estos juegos no se han decidido todavía a formalizar esta disciplina, porque les ha sido imposible copiar las condiciones topográficas y ambientales del Distrito Federal en otros lares. Y es que es verdad. Salir en bici a las calles de la capital es un reto multidisciplinario. Primero se tiene que tener un buen entrenamiento en visión periférica. Es muy importante que uno esté pendiente no sólo de lo que hagan los vehículos vecinos, sino también que se observe a los que circulan a más de dos kilómetros adelante y atrás de uno, por no mencionar el peligro inmediato que significan las aperturas súbitas de las puertas de los coches estacionados. Se entiende también que debe acudir uno a entrenamientos para porteros (de futbol, claro está), para desarrollar más los reflejos y así poder esquivar a la gente que, sin previo aviso, se baja de cualquier vehículo de transporte colectivo sin fijarse siquiera. Estas habilidades obtenidas servirán en mucho para evadir las frecuentes embestidas que a los taxistas y peseros les encanta dar, en especial contra los ciclistas. Es necesario por lo tanto ir de vez en cuando al psiquiatra para poder manejar adecuadamente la ira acumulada y así evitar que uno le aviente la bici al primero que se le cruce enfrente. También se recomienda desarrollar la elasticidad y la fortaleza de las piernas para que funcionen como buenos amortiguadores contra topes, baches y, sobre todo, para poder brincar con decisión las coladeras destapadas. Lo sé. Todo esto suena horrible, pero realmente es, como todo deporte extremo, edificante. Sobrevivir a la calamidad, sobre todo cuando uno la conjura, incrementa la auto-estima. Pero por sobre todo me da una nueva perspectiva de nuestra mexicana realidad.

El grado de hiper-consciencia que uno adquiere cuando en bicicleta anda, le permite percatarse de cuestiones que a bordo de otro vehiculo se nos escaparían. Es importante, por ejemplo, la cantidad de ciclistas que les gusta circular en sentido contrario, a velocidades estrepitosas y sin empacho de llevarse a uno que otro peatón entre las llantas. Los taxistas, por ejemplo, han desarrollado un instinto que los hace detenerse lo más cercano a las banquetas, no para facilitar el ascenso o descenso del pasaje, sino para bloquear el paso a motociclistas y simples ciclistas. A las señoras con camionetas gigantes les gusta chatear, pintarse las uñas, ajustar el aire acondicionado y retocar su rímel, al mismo tiempo que pretenden manejar. Los camiones de basura y los de uso oficial son los que más contaminan, al lado de los “bochos” que emiten humores poco descriptibles. Mencionar que a la mayoría le gusta pasarse el alto, darse vueltas prohibidas, quedar en medio de un cruce y hacer caso omiso a las indicaciones del policía de tránsito es ya un lugar común.  El modus operandi urbano radica, parece ser, en la constante y sistemática rebelión contra todo lo que signifique autoridad. Todo esto, diría un sociólogo pedante, es epidérmico, Sr. Boeneker. Y sí, lo es, pero tal vez por esto mismo se derive que coexistan en nuestra sociedad personas tan gratas como “El Chapo”, el ahora nuevo villano Jorge Hank Rohn, los zetas, la familia-de-no-sé-quién michoacana y una clase política multipartidista que lo que toca corrompe. Pero de lo que se trata esta primer entrega no es el hacer sociología de tres bandas, sino de lo mucho que me gustan los jueves porque en ellos voy en bicicleta a la oficina.

Y sí, todo eso que “sufro” cuando salgo en bici con rumbo a mi oficina, es lo que hace que mis jueves sean días especiales y magníficos, precisamente porque la adrenalina producida por tan variada y aventurera experiencia lo hace sentir a uno alerta, pero sobre todo, vivo. Larga vida entonces a los jueves, que se han convertido en una montaña rusa (¿o, más bien, en una ruleta rusa?).

5 de junio de 2011

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Acerca de Enrique Boeneker

Enrique Boeneker mantiene este blog en donde publica semanalmente sus crónicas sobre la vida cotidiana conocidas bajo el título El mundo desde mi bici. Está en proceso de completar un libro de cuentos que se llamará De veras se está bien aquí, el cual debió ver la luz en el segundo semestre de 2014, sin embargo será publicado hasta el 2015. También llevará pronto a la imprenta una antología de sus crónicas. Para ganarse la vida, trabaja para una empresa que no tiene nada que ver con el mundo literario y que vende artefactos para contar dinero, los cuales Enrique tiene fe que algún día utilizará para su provecho. Tiene dos hijos y mantiene a un perro y a un gato. Ver todas las entradas de Enrique Boeneker

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