De veras se está bien aquí

De veras que se está bien aquí. Este bar que escogió Galindo no está nada mal. Cuando llegué me dije que era típico de Galindo escoger este tipo de lugares. El taxi que me trajo al Paramount me dejó quince minutos antes de la cita. Para mi padre ser puntual fue siempre llegar a cualquier lugar con quince minutos de anticipación. Dijo que lo aprendió de Alvaro Obregón, cuando era un chamaco. Siempre decía cosas como ésta en la casa cuando invitaba a cenar a sus amigos: diputados, senadores, secretarios de estado, presidentes. Ocurrencias disfrazadas de anécdotas que contó hasta el cansancio: cuando Zapata le salvó la vida cerca de Tlayacapan; cuando le prestó uno de sus coches después de una cena informal al general Lázaro Cárdenas; cuando en medio de un centenar de ferrocarrileros alebrestados, se la rifó para sacar ileso al entonces secretario de gobernación Díaz Ordaz; cuando le tuvo que dar al candidato Echeverría su pañuelo, porque a mitad del discurso, allá en el monumento a la Revolución, unos mocos transparentes y fluidos insistían en salírsele por los velludos agujeros de su adusta nariz. Y no se puede negar que su forma de ser no le haya sido útil; como todos sus amigos, también fue diputado, senador, subsecretario de estado. Así fue mi padre: ocurrente, afable, amigo de todos. Pero así fue con los demás, nunca lo fue para con su familia, para conmigo. Por eso odio tanto irme ahora reconociendo a través de él, tal vez por eso haya llegado una vez más con minuciosa puntualidad quince minutos antes a mi cita con Galindo.

Cuando el taxista me dejó, pensé que me había llevado a otro sitio. Este hotel no muestra en su fachada ni un pinche letrero que diga “Paramount”. Sin embargo, al apearme del taxi supe que era aquí. Galindo es muy alzado, muy esnob, un yuppie. El joven portero que me recibió vestía peculiarmente: el saco de un solo botón parecía quedarle ajustado sobre la holgada camisa blanca que mostraba los pliegues de una jornada a punto de terminar, los pantalones tubulares y los angostos zapatos afilaban su figura de tal forma que la desproporción entre la mitad superior de su cuerpo y la inferior le daban un aire de copa de champagne. No sé todavía por qué relacioné el ridículo atuendo con una copa de champagne, pero no hallo todavía mejor forma para describir a estos púberes payasos de expresión digna y falsamente cordial. La conservadora fachada del hotel de estilo tal vez Art Nouveau (nunca he sido bueno en esto de la arquitectura) escondía algunas sorpresas en su interior. Al entrar al lobby me recibió un juego de luces multicolores que iluminaban una escueta escalera y que cambiaban paulatinamente de tono. Del rojo al naranja, al amarillo, al verde, al azul, al púrpura. Los sillones al centro eran de una desigualdad armoniosa; al fondo, los elevadores apenas ocultos tras sus vestiduras de espejo. El mezanine era un restaurante, con toda seguridad estúpidamente caro, que nunca conoceré. El mostrador del hotel era pequeñísimo, como si fuera un mal necesario, un estorbo ineludible para el diseñador que concibió todo esto. El bar en la planta baja es también pequeño, tiene una gran y surtida barra y es una afirmación del estilo desproporcionado del hotel. Una silla de alto respaldo preside una mesa para dos junto a una silla baja que en ergonómicas y plásticas ondulaciones se desliza sobre un marco fuerte y cromado. Sillones de tapiz verde olivo, que más que invitar a sentarse al parroquiano lo invitan a tomar la siesta. Un gran ventanal muestra el espectáculo cotidiano que sólo las calles de Manhattan ofrecen. La música se debate entre el new age, el jazz y el rithm and blues. Al entrar, examiné el lugar y vi complacido que Galindo aún no había llegado. Me senté en uno de esos verdes sillones y una chica con cara lavada, ombligo al aire y un exquisito cuerpo de musa contemporánea me ofreció algo de tomar. Pedí un whiskey para ir matando el tiempo.

Hace ya dos años que estoy en los Estados Unidos. No es mucho tiempo, lo sé. Para un persona como yo, bien visto, puede significar un eternidad. El exilio en el que vivo fue injusto e inmisericorde. Me prohibieron venirme para acá con Mónica, con mi hija Lorena. Sólo por medio de los mensajes electrónicos que llegan a mi computadora recibo noticias de una o de la otra. Las llamadas telefónicas, por estar intervenidas, deben ser breves, concisas, para que no den conmigo, para que no sepan en donde estoy. Sé que Lorena lleva muy bien sus estudios.  Quiere ser abogada como yo, la muy necia. Me informó hace poco que Galindo pensaba llevársela al bufete para que empezara a hacer currículum. La verdad es que no sé como agradecerle el apoyo que en estos tiempos difíciles nos ha brindado. Lo que sí nunca imaginé fue que el hecho de alejarme de Mónica me costara tanto. Los últimos años de nuestro matrimonio no fueron buenos. Mis obligaciones en la secretaría me alejaron de mi familia, y para ser francos la licenciosa vida que me pude dar también: no hubo vieja que me gustara que se me negara, como aquella actriz casi adolescente, cuyo nombre prefiero omitir, no vaya a ser que también me la manden para acá. Y no es presunción, pero el placer que da el poder, el dinero, el reconocimiento público no es fácil dejarlo así, de un día para el otro. “Todo tiene un precio”, decía mi padre. Pero el que me ha tocado pagar es muy alto. Ahora estoy en este país de mierda, tan lleno de lugares comunes, de restaurantes de cadena, de calles impolutas, de miradas vacías, de gordas y gordos descomunales, de pancakes con huevo, kétchup y miel de arce; de centros comerciales impecables; de asesinatos en masa con una metralleta en medio de un salón de clases. Un país que se jacta de ser el más libre y justo del mundo, pero que no me permite poner la música un decibel más alto en una reunión en mi casa, porque entonces el vecino y la policía; un país en el que no puedo fumar en donde se me dé la gana y que por el otro lado permite a un barbón melenudo aspirarse de un jalón tres líneas de cocaína con toda impunidad. Un país que sonríe al que tiene y que denigra con xenofóbico deporte al que nada posee. Odio este país de pulcros hipócritas. Mas que le voy a hacer. Yo daría todo por estar de vuelta en México, en mi casa, con mi familia y amigos, sin ser molestado. Pero las cosas por allá todavía andan calientitas. Cada de vez en cuando sale en el periódico todo el mal que causamos, el dinero que nos robamos, las gentes con las que transamos, la forma en que lo hicimos. Y ese reportero de mierda sabe muy bien que nosotros no fuimos, que el dinero de la dependencia se lo llevó otro hijo de la chingada al que no tengo siquiera el gusto de conocer. Porque ese cabrón bien sabía lo que hacía; tan bien que hasta nos culparon a nosotros sin que nos dijeran agua va. Primero puso al presidente en contra de mi jefe, después dos o tres periodicazos con ese reportero de poca monta y bien pagado; luego la procuraduría y aquí me tienen, tolerado en el exilio. La tolerancia se acabaría si me atrevo a regresar, me lo advirtió Galindo. Lo que más me duele es que todo este pleito es por tres millones de pesos que se “desviaron” de la dirección a mi cargo, según esto para financiar la campaña para presidente municipal del Chato Solares. ¡Cómo van a creer que por tres millones de pinches pesos para una campaña de un tipo que ni siquiera conozco nos hubiéramos expuesto de esa forma! Por tres millones, aunque hubieran sido todos para mí, no muevo un dedo. Mejores negocios hicimos mi jefe, Galindo y yo por los que no se nos dijo ni pío. Porque nosotros sí sabíamos repartir, a quien darle y a quien no. Pero ese hijo de su puta madre que nos hizo todo ese alboroto en algo le estorbábamos. De saber quién era, ya me lo habría quebrado al cabrón. Por eso cuando ayer me habló Galindo al departamento invitándome a este antro y diciéndome que ya sabía qué había pasado, que tenía todos los documentos en su poder y que ahora sí, finalmente, íbamos a estar de vuelta, me puso más que feliz.

Tipos como Galindo no se consiguen en cualquier parte. Me acuerdo cuando entró por vez primera a mi oficina. Acababa de salir de la universidad y se presentó muy reservado, casi tímido diría yo, con el cabello perfectamente peinado y resuelto a ser útil. Desde el principio supe que con él se podía tener toda la confianza. Al mes lo hice mi secretario particular y siempre llevó con discreción y eficacia todos mis asuntos, que muy pronto se convirtieron en nuestros asuntos. Galindo, al año de habérsenos unido, me pidió permiso para estudiar su maestría. Le pregunté que en donde pensaba llevarla y me dijo que en la UNAM. No le permití tal barbaridad, le dije que la nueva camada de políticos necesitaba nuevos aires, más cultura, y lo mandé a Harvard becado por la secretaría. Siempre me ha estado muy agradecido. Pero las cosas se hacen por algo, no nada más por tratar de ser buenas gentes ni por simple cariño o amistad. Yo necesitaba alguien cerca de toda confianza. La confianza se gana cuando alguien le debe algo a otro y se siente así obligado. Cuando regresó de Harvard, Galindo era más desenvuelto que antes. En las reuniones en la secretaría y en los Pinos opinaba con audacia y tino. Pronto mi jefe y el mismo presidente lo consideraron como uno de los nuestros. Cuando algo se atoraba en el Congreso, mandábamos a Galindo para que lo arreglara. No sé todavía qué hacía, pero de que funcionaba maravillosamente ni duda cabía. No fue raro que la amistad trascendiera al trabajo, y salimos muchas veces, casi todos los jueves, de parranda. Una semana yo escogía el lugar, un cabaret de los de antaño en la colonia Juárez; la siguiente él escogía uno de los table dance que conocía. Al principio quedé impactado por la calidad de las morritas que pululaban en esos lugares de mal agüero, pero cuando un mesero me advirtió que no se podía tocar, casi saco la matona y me pongo a dar de tiros. Galindo y yo, cuando nos poníamos filósofos, discutíamos sobre los nuevos y los viejos tiempos. Él explicaba que el erotismo está en la vista, yo le decía que el verdadero y único erotismo es aquel del cachondeo, del ligue (aunque fuera fingido), del altar de la cama y del coito final. Sus table dance eran como ver un mal programa del play boy channel. Los tiempos cambian, concluí, para mal.

La sílfide convertida en mesera me pone un segundo whiskey en la mesa y me ofrece su primera sonrisa. Ahora que se aleja, la veo con mayor detenimiento. ¡Qué buena está la cabrona, y esos pantalones a la cadera pegados como mallas qué bien le sientan! Estoy seguro que debajo no trae nada. La chamaca no tendrá más de veintitrés años y ya sabe andar por todo el bar como una diosa egipcia. Erguida, presuntuosa, conocedora de la falsa promesa de sus más íntimos secretos. La música se cuela en la habitación y el humo de los cigarros le da a todo un toque de irrealidad, de sueño imposible. Afuera, sobre la acera corre una también imposible novia seguida por una pléyade de damas de honor, dos de ellas a punto de parir. Imagino esa boda retrasada por el perenne tráfico de Manhattan y las damas de honor pariendo sus rollizos y sonrosados bebés a mitad del oficio. Unos minutos más tarde, un tipo de smoking y corbata verde es escoltado por una dama de más de ochenta años que parece que va a un velorio; el hombre, en el otro brazo, lleva con cortesía a una chaparra horrenda cuyo vestido más que la función de ocultar muestra. Un profeta del Apocalipsis los señala con razón como símbolo de la decadencia que nos llevará a todos a la perdición. Nueva York, la más norteamericana de las ciudades, hoy por hoy es la menos norteamericana. Los verdaderos turistas aquí son los gringos. Tal vez por esta razón mi inconsciente decidió que en esta ciudad debería vivir mi exilio.

La puerta del bar se abre y ahora sí anhelo que aparezca el buen Galindo, cargando su viejo portafolios marrón con los legajos que demuestran mi inocencia escrupulosamente organizados en carpetas de varios colores. En vez de Galindo, entran dos hombres de traje y corbata. La facha es indudable, son policías. Los observo tomar estratégicamente una mesa cercana a la puerta, tratando inclusive de evadir mi mirada. Veo el reloj y hasta ahora me doy cuenta que Galindo se ha retrasado inusualmente. ¡Todavía me permití por un segundo achacar al tráfico su tardanza! ¡Pero si es obvio! Galindo me tendió una burda, majadera trampa. ¡Pero qué pendejo soy! De todos los que estábamos en el ajo él fue el menos perjudicado. Al menos conservó su despacho y el dinero mal habido. Ahora lo creo capaz de cualquier cosa. Veo hacia la calle, ya tan lejana. Debo salir de aquí. No hay escapatoria posible. Los policías me dan la espalda, ven hacia la puerta, juegan a que yo no existo, pero saben que yo estoy aquí, esperan mi ineludible siguiente movimiento. Apuro mi copa. No importa, un tercer whiskey no hará mal. Tal vez después de ese trago y de otro y de otro, los oficiales crean que soy un borracho más ahogando sus penas y no aquel hombre que andan buscando. Afuera, el alumbrado público se enciende, la noche anega lentamente las calles, los edificios, los más ocultos rincones de Manhattan. Me arrellano en el sillón y bebo mi whiskey lentamente, observando el flotar de la sílfide a lo largo y ancho del bar, concentrándome en sus ondulantes caderas, perdiéndome en esto que no puede ser más que un sueño, un sueño plácido que se desliza en medio de susurros a través de la noche neoyorquina. De veras que se está bien aquí.

ETBM

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Acerca de Enrique Boeneker

Enrique Boeneker mantiene este blog en donde publica semanalmente sus crónicas sobre la vida cotidiana conocidas bajo el título El mundo desde mi bici. Está en proceso de completar un libro de cuentos que se llamará De veras se está bien aquí, el cual debió ver la luz en el segundo semestre de 2014, sin embargo será publicado hasta el 2015. También llevará pronto a la imprenta una antología de sus crónicas. Para ganarse la vida, trabaja para una empresa que no tiene nada que ver con el mundo literario y que vende artefactos para contar dinero, los cuales Enrique tiene fe que algún día utilizará para su provecho. Tiene dos hijos y mantiene a un perro y a un gato. Ver todas las entradas de Enrique Boeneker

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